El Castillo de Eppstein

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—Está bien, Rosamunda. Juradme una cosa —dijo Everard.

—¿Cuál?

—Que si no puedo hacer cambiar de idea a mi padre, respecto a acompañarle a Viena; que si me veo obligado a seguir la carrera de las armas, a la que no aportaré más que el disgusto de vivir y el desprecio por la muerte; que si, después de todo, llego a ser libre, dueño de mis destinos, árbitro único de mi voluntad, vos cumpliréis con la promesa que habéis jurado esta mañana, Rosamunda, y seréis mía.

—Juré, Everard, no perteneceros más que a Dios o a vos. Os lo juro por segunda vez, y os ruego que me exijáis el cumplimiento de tal promesa.

—Escuchadme bien, Rosamunda —dijo Everard—: yo juro por la tumba de mi madre que no habré de tener otra mujer que no seáis vos.

—Everard, Everard… —exclamó Rosamunda, horrorizada.

—He pronunciado el juramento, Rosamunda, y no he de dar marcha atrás. Seréis mía, o de Dios; seré vuestro, o de nadie.

—Terrible cosa son los juramentos, Everard.

—Así es para los perjuros, pero no para las personas que desean cumplirlos.


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