El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—Un mal pensamiento lo apartó de vos Everard, y un buen pensamiento os lo devuelve. Dios ha querido que no haya tales diferencias entre padres e hijos. Así que obedeceréis, Everard, e iréis a Viena.

—Nunca, Rosamunda; ya os lo he dicho.

—Entonces, soy yo quien regresará al convento del Tilo Sagrado, porque, de todas todas, Everard, no pienso ser cómplice de vuestra desobediencia.

—Rosamunda, eso lo decís porque no me amáis.

—Al contrario, Everard; precisamente, porque os amo, es mi deseo que aceptéis lo que os propone vuestro padre. Hay deberes que vienen impuestos a los hombres desde el mismo día de su nacimiento, obligaciones a las que no pueden sustraerse. En tanto tuvisteis un hermano mayor, y la gloria y el apellido Eppstein descansaban sobre otra cabeza, podíais vivir feliz e ignorado. Rechazar, en estos momentos, la herencia de hidalguía y dolor que el cielo os envía, sería un crimen contra vuestros antepasados y contra vuestros descendientes. Hermosa y honorable es la carrera de las armas, que os propone vuestro padre. Y deberéis seguirla, Everard.

—¡Rosamunda, Rosamunda! ¡Qué cruel os mostráis!

—No, Everard; os hablo como si yo no existiera, porque ante intereses tales, la existencia de una muchacha como yo debe…


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