El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—Mi hermano Alberto ha muerto, y me he convertido en el primogénito de la familia. Mi padre me ha traído este nombramiento y esta espada, para llevarme con él a Viena.

Una palidez mortal se adueñó de la joven, lo que no impidió que sus labios esbozasen una melancólica sonrisa.

—Tomadme del brazo, Everard —le dijo—, y vayamos dentro.

Ambos muchachos entraron en la cabaña y, mientras Rosamunda se dejaba caer en el sillón de Jonathas, Everard dejaba la espada en un rincón y el documento sobre la mesa.

—Bueno, Everard —dijo Rosamunda—, ¿no os dije esta mañana que habría que contar con el infortunio? Pero ha llegado antes de lo que yo pensaba. —¡Qué más da, Rosamunda!— repuso Everard. —¿No pensaréis que voy a marcharme?

—Pues claro que sí.

—Rosamunda, no os abandonaré jamás. Lo he jurado.

—No jurasteis eso, Everard, puesto que eso significaría que habríais jurado desobediencia a vuestro padre, y no haríais una cosa así.

—El conde me abandonó. Él mismo lo puso por escrito. Yo no soy su hijo, ni él es mi padre.


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