El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—Dentro de unos días en la corte de Viena —se repetía Everard, aterrado, mientras contemplaba su nombramiento y la espada con tristeza—. ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué dirá cuando se entere?

A pesar de las advertencias del doctor Blazius, que no tenía intención de seguirle, se fue del castillo. Éste le advirtió:

—Señor de Eppstein, no olvidéis que almorzaremos dentro de una hora, y que vuestro padre os espera para cenar.

En un periquete, Everard recorrió la distancia que separaba el castillo de la cabaña, donde se encontró con Rosamunda, que paseaba por el jardín que él le había arreglado. Pálido y sin aliento, se presentó ante ella, con el nombramiento y la espada en la mano.

—¿Qué os sucede, Everard? —preguntó Rosamunda.

—¿Que qué me ocurre, Rosamunda? Que el conde ha regresado y, como siempre, la desgracia viene con él.

—¿Qué queréis decir, Everard?

—¡Mirad, mirad! —exclamó el joven, tras mostrar a Rosamunda el nombramiento y la espada.

—¿Qué es eso? —preguntó la joven.

—¿No lo adivináis, Rosamunda?

—Pues, no.


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