El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein XII
Tras la cena, durante la que su padre se mostró más alegre y afectuoso con su hijo que por la mañana, Maximiliano invitó solemnemente a Everard a su alcoba. Perturbado y ansioso, el joven obedeció las órdenes de su padre.
Cuando ambos se encontraron en la cámara roja, Maximiliano señaló a su hijo un sillón, en el que éste se sentó, en silencio. El conde comenzó a dar grandes zancadas, desde la ventana hasta la puerta secreta, sin dejar de observar a Everard, ese hijo por el que había mostrado hasta entonces tan escaso amor paterno. Casi intimidado por aquella límpida frente y aquella ingenua mirada, resultaba evidente que rebuscaba las palabras para entrar en materia. Finalmente, juzgó que lo mejor sería adoptar el tono afectado y solemne que, con tanto éxito, utilizaba en las relaciones diplomáticas.
