El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Everard —dijo, tras acomodarse al lado de su hijo—, permitidme que, por un momento, desaparezca la figura paterna y ceda la palabra al hombre de Estado, a uno de los encargados de los destinos de un gran imperio. A mi lado, estáis llamado a ocupar, Everard, el lugar que ha dejado vacÃo la muerte de vuestro hermano, de forma que llegará el dÃa en que, según vuestra condición, os veréis obligado a manejar pueblos e ideas, hijo mÃo. Pero al aceptar tan gloriosa como peligrosa misión, deberéis cumplir con los ingratos deberes de vuestra posición. Habréis de despojaron de vuestras pasiones y de vuestra personalidad, porque ya no viviréis sólo para vos, sino para todos. En vuestra sublime abnegación, habréis de renunciar a vuestros deseos, a vuestras inclinaciones, incluso a vuestro orgullo, y situaros por encima de las convenciones sociales, más allá del bien y del mal, de los sistemas y de los prejuicios, por encima de las cosas humanas, para llegar con toda imparcialidad, igual que Dios rige los destinos del mundo y del universo, si me atrevo a usar de tal metáfora, a regir la parte de la administración que os corresponda de esta gran nación, y de la que seréis responsable.
Satisfecho con tan majestuoso comienzo, el conde hizo una pausa para evaluar su efecto en el rostro de su interlocutor. Everard estaba atento, pero no absorto, y su actitud revelaba tanto aburrimiento como respeto.