El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Supongo que habréis tenido ocasión de meditar sobre cuestiones tan serias, y que compartiréis mi opinión al respecto, Everard —añadió Maximiliano, un poco inquieto ante aquel obstinado silencio.
—Claro que comparto vuestra opinión, padre —repuso el joven, tras hacer una inclinación—, y admiro de todo corazón a quienes tan bien aceptan tales dignidades. Pero pienso, y creo que seréis de mi opinión, que, a pesar de sacrificar tendencias, inclinaciones, incluso felicidad, han de prevalecer los derechos de la conciencia, a fin de que, además de hacer de la vanidad abnegación, quede un lugar para el honor.
—Eso no son más que palabras vacías, muchacho —replicó el conde, con sonrisa desdeñosa—, distinciones sutiles que, a no tardar, os parecerán anodinas. Hay que tener un corazón más grande, un alma más fuerte.