El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Desconozco, padre —repuso Everard—, si, para algunas personas, de determinada posición social, la virtud y la probidad son palabras vacÃas. Para mÃ, y en mi humilde retiro, son sentimientos e instintos por los que darÃa mi vida, incluso más que eso. Permitidme que os diga, entonces, monseñor, que me temo que hayáis concebido vanas esperanzas sobre mi persona. Después de todo, no hay que olvidar que soy poco más que un campesino ilustrado, un hijo salvaje de estos bosques y de estas montañas, y que difÃcilmente me adaptarÃa a los usos y costumbres de la sociedad. Sin quedar mal, podrÃa hacer acto de presencia en ese mundo, durante un momento, pero vivir en él de continuo y actuar sin torpeza, creo que me resultarÃa imposible. Me conozco y, desde esta mañana, he reflexionado bastante. Acostumbrado a los aires del bosque, me ahogarÃa tras los muros de una ciudad. Habituado a la verdad y a la libertad, pronto morirÃa entre intrigas y convenciones, porque me indignarÃa y me rebelarÃa, lo que me perderÃa a mà y, quizá, os comprometerÃa a vos, padre mÃo. Os ruego, pues, monseñor, que desechéis los brillantes proyectos que tenéis para mà y, habida cuenta de que no pretendéis más que mi felicidad, regresad solo a la corte, y dejadme aquÃ, en el campo.