El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—No solamente tengo en cuenta vuestra felicidad, Everard —respondió el conde, en un tono que no ocultaba ya la severidad, aunque sin dejarse llevar todavía por la sorda cólera que comenzaba a agitarse en el fondo de su corazón—, sino también la gloria y la fortuna de nuestra casa, de la que, desgraciadamente y en este momento, sois el único heredero. ¡Dios mío! Hace tiempo que yo también hubiera preferido correr y cazar por mis tierras que atarme al yugo de los asuntos públicos. Pero no se lleva impunemente el apellido Eppstein. Mi padre me obligó a sacrificar mis gustos, cosa por la que ahora debo estarle agradecido, como vos me lo estaréis a mí algún día. Tuve que dominar, pues, mi inclinación a no hacer nada y mis violentas actitudes, porque, hace tiempo, yo era tan lanzado y bravucón como hoy soy atemperado y paciente, hijo mío. No deberíais, pues, mostrar tanta resistencia, Everard, porque sería peligroso que me llevarais al límite, especialmente en asuntos concernientes a nuestra familia, de la que me considero juez y jefe supremo. A veces, se despierta en mí el hombre viejo, y habéis de saber que su rencor es terrible.

La tormenta se acercaba. Las palabras del conde eran sordas y cortantes. Pero continuó, en un tono más morigerado.



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