El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Escuchadme, querido hijo; ahora ya no suplico, sino que ordeno; ya no os pregunto que si queréis, sino que afirmo qué es lo que yo quiero. El prÃncipe ha recibido mi palabra, y el matrimonio ya ha sido anunciado. Si no tuviera ya cincuenta años, no perderÃa ni un minuto con vos, estúpido rebelde. Pero necesito a alguien joven; sois mi hijo y, como tal, os tomo. Ni una palabra. Porque si llego a saber algo más de la causa de vuestro rechazo, que, con sólo imaginármelo, me pone furioso, no respondo. Quien me busca, sabe que soy de temer. Tengo la impresión de que queréis decir algo. Callaos, os lo aconsejo, y bajad la mirada. Creedme, pero hay recuerdos que, más que espantarme, consiguen que me exaspere. Terminaré por apiadarme de vos, por tener miedo de mà mismo. Salid de aquÃ. Tenéis de tiempo hasta mañana para pensar. Salid de aquÃ, os repito, y al instante. Hasta mañana, pues, y quiera Dios que la noche os resulte buena consejera, porque, si ofendéis a vuestro padre, éste se erigirá en juez implacable.
Pálido y desencajado, el conde mostró a Everard la puerta con el dedo. La cólera de aquel hombre era, ciertamente, terrible. Daba patadas contra el suelo, temblaba de rabia y echaba espumarajos por la boca. Abrumado ante tan terrible rencor, vencido por la autoridad paterna, y convencido, por otra parte, de que nada sacarÃa en limpio con su sorda y ciega furia, Everard abandonó la estancia, titubeante.