El Castillo de Eppstein

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—Sí, padre, os lo agradezco —dijo Everard, al tiempo que besaba la mano que le tendía Maximiliano—; sí, sois el mejor y el más previsor de los padres. No sé en qué términos expresaros todo el reconocimiento que siento en este momento…; pero no puedo…, no me atrevo… a casarme con Lucila de Gansberg.

—¡Bien! ¡Por fin os he pillado, mi joven señor! —Exclamó con voz terrible y, una vez puesto en pie, el conde Maximiliano, cuyos ojos echaban chispas—. ¡Gran hipócrita! ¡Habéis caído en la trampa! Sois verdaderamente adorable. No es, pues, el honor lo que os impedía casaros con la mujer que yo os destinaba. No se trataba de la mujer, sino que os repugnaba la idea del matrimonio. ¿Qué hermoso amor me ocultáis?

La comedia estaba a punto de convertirse en drama, y Everard, pálido y azorado, no era capaz de articular palabra. El conde le puso una mano sobre el hombro, mano que le pareció de plomo y, con voz cortante y en tono de mando, le dijo entre dientes:





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