El Castillo de Eppstein

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—Muy bien, Everard, muy bien. Venid, querido hijo, que os dé un beso, y perdonadme por haber dudado de la lealtad de vuestro corazón. Al fin y al cabo, sólo os conozco desde hoy. Pero mi noble hijo me hace sentirme el más feliz de todos los padres. Ahora sé que sois digno de la mujer que he elegido para vos, la más pura y preciosa muchacha de todo Viena. Y una de las más ricas y de las más nobles herederas de Austria, un tesoro de castidad y de hermosura: Lucila de Gansberg; ella será vuestra esposa.

El conde Maximiliano acababa de pronunciar ante Everard el nombre de aquella de la que Rosamunda le había hablado en multitud de ocasiones.

—¿Qué decís, padre? —exclamó el muchacho, aturdido—. Lucila de Gansberg, esa bella y casta joven…

—Ya está acordado. Os casaréis con ella dentro de un mes. Y supongo que vuestro honor no tendrá nada que oponer a dicha unión.

—Incluso en mi soledad, he sabido —añadió Everard, con la mirada baja— que Lucila de Gansberg es el partido más deseable y envidiado de Alemania.

—Está bien, Everard —dijo el conde—; espero vuestro agradecimiento. Una mujer pura y una espada sin mella son dos hermosos regalos, que bien valen un reconocimiento por vuestra parte.


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