El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —SÃ, monseñor —respondió el joven, con firmeza—. Pero antes de nada os lo advertirÃa, y os dirÃa que, en nombre del cielo (iba a decir que en nombre de su madre, pero sin saber la razón no se atrevió a invocar su recuerdo), padre mÃo, no me obliguéis a pasar por tal vergüenza, porque la maldad de vuestro único hijo no os harÃa tan feliz como a mà miserable. Padre, tomad mi vida, si la necesitáis, pero respetad mi conciencia. Y si persistierais en vuestra voluntad, monseñor, alzarÃa la cabeza y preguntarÃa al conde de Eppstein qué derecho le asiste para reclamarme mi honor. Mi vida es vuestra, quizá, pero no asà mi virtud. Y como soy portador de uno de los más nobles y orgullosos apellidos de Alemania, estoy seguro de que no me situarÃais por debajo del último de los artesanos, a quien su mujer se entrega por completo, y os desobedecerÃa, monseñor.
Everard hablaba acalorada y apasionadamente. El conde le observaba, con mirada frÃa y penetrante, mientras sonreÃa. Cuando el joven hubo acabado, le tomó de la mano, y con una alegrÃa que sonaba a sincera por lo bien que la disimulaba, le dijo: