El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —No, no soy un miserable, sino un loco, por haberme equivocado así respecto a vuestras intenciones, mi noble padre. Perdonadme. ¿Qué queréis? No puede uno fiarse mucho de mi inteligencia. Me tomo todo al pie de la letra, y cometo sorprendentes errores de apreciación. Os decía, monseñor, que haríais mejor en dejarme aquí, en mi tierra, y perseguir solo vuestras grandes ambiciones. Ya veis que no valgo para nada; aunque comprendo dos o tres idiomas, no sería capaz de hablar en lenguaje cortesano. Abandonadme aquí, monseñor; regresad a Viena sin mí, y no me obliguéis, os lo suplico, a abandonar este pueblo en el que caben toda mi ambición y todas mis aspiraciones.
Colérico, tras unos instantes, el conde que no dejaba de escrutar el rostro de Everard, pareció haber tomado una determinación.
—Y si no os hubierais equivocado, Everard, y ese proyecto de matrimonio no fuera una suposición, sino un hecho, ¿también os resistiríais?