El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—¿Y qué respuesta he de daros, monseñor? —insistió Everard.

—Pues una respuesta a la propuesta que acabo de formularos.

—¿A cuál de ellas?

—¡Pardiez! A la propuesta de matrimonio. ¿Es afectación o incapacidad?

—Ni una cosa ni la otra, monseñor: es estupefacción. Así que vos, conde de Eppstein, proponéis a vuestro hijo… Perdonadme, padre, estoy seguro de que ha de tratarse de una prueba que me planteáis o de una broma. Porque no me hablaréis en serio, ¿verdad?

—¡Everard, Everard! —dijo el conde, con los dientes apretados.

—No, monseñor —continuó Everard, sin escucharle—, no os creo. Sé que ambicionáis más los títulos y los honores que la propia gloria, lo cual me sorprende, pero lo entiendo. Pero especular con vuestros antepasados, vender el apellido que han de llevar vuestros hijos, es más ignominioso de lo que alcanzo a entender. Por eso, pienso que no sois vos, Maximiliano de Eppstein, quien me pide algo así. Que me incitéis a ser ambicioso, puedo aceptarlo, pero estoy convencido de que jamás querríais hacer de mí un infame.

—¡Miserable! —gritó el conde, lívido de ira.


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