El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—¡Por todos los diablos! ¿En qué pensáis, pues? Everard, el sueño que despreciáis es a lo que aspira toda la corte. Los más nobles señores se han disputado el honor de convertirse en esposos de la duquesa de B…; pero ante el apellido Eppstein, todos han comprendido que no tenían nada que hacer, y han renunciado a ello.

—¿Quién esa duquesa de B…, cuyo nombre jamás había oído hasta ahora —preguntó Everard—, y que necesita del heredero de una de las más antiguas casas de Alemania?

—Everard, la duquesa de B… es todo y es nada. Es una simple mujer, sin apellido, a la que se le ha concedido un ducado; pero ella es la verdadera emperatriz. ¿Comprendéis ahora, Everard, todo lo que tiene a su alcance, para sí y para su familia, el feliz hombre que llegue a convertirse en marido de tal mujer?

—No, padre, no —repuso Everard—; no lo comprendo.

—¡Cómo! ¿No comprendéis que esa mujer es libre y que, para salvar las apariencias, conviene que esté casada? El marido de dicha señora tendrá todo lo que quiera, y podrá dar lo que desee, porque su grandeza, así como la de su familia, se convertirán en una necesidad de Estado. Sería alcanzar la cima del reconocimiento social, Everard, a no ser que hayáis perdido la cabeza.


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