El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Mirad, hijo mÃo, en tanto que numerosos son los obstáculos con que se encuentra quien quiere llegar tan lejos, vos, sin querer, mientras dormÃais, os encontráis en el punto que otros no llegan a alcanzar ni tras veinte años de esfuerzo. En vuestro caso, todo depende de una formalidad, de una minucia, de un acto intrascendente: se trata, sencillamente, de casaros.
—¡Casarme! —Exclamó Everard—. ¿Casarme, yo? ¿De qué habláis, padre?
—Ya sé que sois un poco joven; pero no importa. Escuchadme hasta el final —añadió el conde, en respuesta al espanto que habÃa percibido en Everard—; más tarde, tendréis tiempo de mostrar vuestra sorpresa, si tal es vuestro deseo. Tened por seguro que de eso depende vuestra felicidad. El matrimonio que os propongo, Everard, es el que vuestro hermano estaba a punto de concluir, cuando nos fue arrebatado. Y fue cuando pensé en vos, porque dicho matrimonio representa un magnÃfico futuro, una felicidad inesperada, un camino que os conduce muy cerca del trono; incluso dirÃa más, Everard, os conducirá al trono, si es que el poder real vale tanto como las apariencias dan a entender. Veo que os calláis. ¿No os maravilla un porvenir asÃ?
—Padre, os repito que no van por ahà mis sueños.