El Castillo de Eppstein

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—Así lo haré, Everard —respondió Maximiliano—, porque pronto os daréis cuenta de que los hombres que, por su cuna, han sido llamados a ocupar las más altas funciones del Estado han de pagar tal privilegio con su absoluta abnegación, y no accederán a tan ingratas dignidades más que mediante pruebas y sacrificios. Duro y penoso es, Everard, ese aprendizaje de los honores, puesto que tales títulos han de ser adquiridos tras muchas solicitudes, numerosos disgustos, infinidad de noches sin dormir e incontables días sin reposo. He de deciros que, tanto los príncipes como sus ministros, a veces de forma caprichosa, en otras ocasiones para probarnos, nos imponen difíciles condiciones. Pero el objetivo es tan luminoso, tan hermoso, tan grande —añadió el conde, con entusiasmo— que pronto se olvidan las dificultades que uno se ha encontrado por el camino.

Esta vez, el diplomático falló en sus dardos. Ante la imagen del ambicioso, Everard había recuperado su sangre fría, y sólo pensaba en cómo eludir las ofertas que le proponía su padre. Pero éste tomó su actitud reflexiva por aceptación, y prosiguió:




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