El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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Capítulo XIII

XIII

Everard abandonó el castillo y salió a la carrera hacia el bosque. La noche era fría, pero hermosa. El cielo estaba azul, aunque soplaba un viento desapacible. Había nevado durante todos los días anteriores, y la tierra parecía cubierta de un blanco sudario. Sólo se veía el verdor oscuro de los pinos sobre la solitaria blancura de los campos. Con la cabeza descubierta y los cabellos al aire, Everard iba y venía, corría, jadeaba, sin saber adónde ir, sin pensar. No sentía el viento ni el frío. Su instinto, más que su razón, le llevó hasta la cabaña, pero ya era casi medianoche, y todo estaba cerrado, apagado. Dio cinco o seis vueltas a la casa, pero, tras comprobar que todo parecía dormir, corrió a su gruta, se dejó caer de rodillas a la entrada y se echó a llorar sin dejar de llamar a su madre.






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