El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¡Madre! —Gritaba, mientras se retorcÃa las manos con desesperación—. ¡Madre! ¿Dónde estáis? ¿Sabéis lo que quieren hacer con vuestro hijo? ¿Ya estáis al tanto de la vergüenza en que quieren hundirle? ¿Sabéis las amenazas de que ha sido objeto? ¿Permitiréis que el deshonor y la perdición caigan sobre él? Esta misma mañana, aquÃ, en el mismo lugar donde ahora lloro, me habéis visto loco de contento. ¿Desaprobáis mi felicidad? CreÃa que no era asÃ; sin embargo, no me habéis hablado en todo el dÃa. Es cierto que, embriagado de alegrÃa o de dolor, casi no os he llamado. Pero lo hago ahora. Perdonadme, y respondedme.
Everard escuchó. Sólo oÃa susurros y crujidos procedentes de las ramas de los pinos. Guardó silencio durante unos instantes, como si tuviera miedo de su propia voz.