El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¡Madre! —Prosiguió, en voz baja—. No decÃs nada, a no ser que me habléis en el lúgubre lamento del viento, pero ni os oigo ni os comprendo. ¿Estáis enfadada por causa de mi amor? ¿Os apartáis de mÃ? ¿O es que habéis de revelarme cosas terribles y, por eso, calláis? ¡Dios mÃo, Dios mÃo! ¿Será que se acerca la hora en que ha de cumplirse mi destino? ¿No contaré con vuestros consejos? ¿Creéis que debo escapar? ¿O es ya demasiado tarde? ¡Nada, nada! ¡Madre, no me decÃs nada! ¡Sólo oigo el viento que gime! Es pavoroso. ¿Me habéis apartado de vuestro amor por primera vez en mi vida? Me siento solo, y no paro de temblar. ¿Os ha alejado Dios de mà para entregarme en manos de la fatalidad o de un ángel maligno? ¿Habéis muerto, espectro materno?
Todo seguÃa en silencio, menos el viento glacial del norte, que rugÃa al atravesar valles y sobrevolar colinas. Everard comenzó a estremecerse, tanto de frÃo como de espanto.
—¡Cielos! —Murmuró, desesperado, con la voz ahogada en sollozos—. Estoy seguro de que mi ángel guardián ya no está a mi lado. ¿Qué pasará mañana? ¿Qué hará el conde? ¿Qué haré yo? TenÃa que haberme ido hace tres años. ¿No puedo hacerlo ahora? SÃ; eso es. Me marcho a reunirme con mi tÃo Conrado, que es mi único y mi último apoyo. ¡Era amigo vuestro, madre mÃa! Me iré, huiré ante mi destino.