El Castillo de Eppstein

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Conrado cogió una vela, que aún estaba encendida, de encima de la chimenea. Tío y sobrino se dirigieron a aquel estrecho corredor y, lentamente, bajaron por aquella fúnebre escalera. La puerta de la cripta estaba abierta. Everard arrebató la vela de las manos de su tío, y condujo a Conrado directamente hasta la sepultura de su madre. La losa de mármol estaba movida; de ella sobresalía la mano de un esqueleto, que había estrangulado al conde Maximiliano con dos vueltas de la cadena de oro.

Al día siguiente, tras haber llevado a cabo las honras fúnebres del conde de Eppstein, Conrado, Rosamunda y Everard se encontraron a solas.

—¡Adiós! —les dijo Conrado—. Me voy para dar mi vida por el Emperador.

—¡Adiós! —dijo, a su vez, Rosamunda—; prometí ser del Señor o vuestra, Everard. Como esto último no puede ser, regreso al Tilo Sagrado.

—¡Adiós! —contestó Everard—. Me quedaré aquí solo.

Alcanzado en el corazón por una bala, Conrado murió en Waterloo.

Un año más tarde, Rosamunda pronunció sus votos en Viena.


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