El Castillo de Eppstein

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Seguidos por dos o tres sirvientes, Conrado y Everard subieron a la estancia que ocupaba Maximiliano. Rosamunda y Jonathas se quedaron en la planta baja. Llegados ante la puerta, Conrado y Everard se miraron, y ambos se quedaron aterrados al ver lo pálidos que estaban. Conrado llamó, pero no hubo respuesta. Al principio, utilizó los nudillos con suavidad, más tarde gritó y, luego, golpeó la puerta con desesperación. Everard y los criados del conde le imitaron. Pero todo seguía en silencio.

—Que traigan unas tenazas —pidió Conrado.

Derribaron la puerta, pero la estancia estaba vacía.

—Sólo entraremos Everard y yo —advirtió Conrado.

Así lo hicieron. Cerraron la puerta, y miraron en derredor suyo. Nadie había utilizado la cama; todo estaba en orden. Pero la puerta secreta estaba abierta.

—¡Mirad! —dijo Everard, al tiempo que señalaba con el dedo.


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