El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Recemos —dijeron al unÃsono, Conrado y Rosamunda.
El alba, una triste aurora de diciembre, más oscura que cualquier noche de mayo, tardó mucho en hacer acto de presencia aquella mañana. En cuanto un leve resplandor iluminó los cristales de la estancia, Conrado se puso en pie.
—Voy para allá —dijo.
—Iremos todos —añadió Everard.
Nadie se opuso. Everard se apoyó en su tÃo; tras ellos dos, iban Rosamunda y Jonathas. Los cuatro se encaminaron hacia el castillo. En el momento en que llegaban a la puerta principal, el reloj daba las ocho. Los criados comenzaban a despertar.
—¿Alguno de ustedes ha visto al conde de Eppstein desde ayer por la noche? —les preguntó Conrado.
—No —le respondieron—; el conde se encerró en su cámara, y dio órdenes tajantes para que nadie le molestase.
—¿Ha llamado esta mañana? —insistió Conrado—. Soy el conde Conrado, hermano de vuestro amo, y éste es su hijo Everard, a quien ya conocen. SÃgannos.