El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¡Jesús, tened piedad de él! —Contestaba Rosamunda.
—¡Madre, perdonadle! —Murmuraba Everard.
Dieron las doce. Y fue una pregunta de Conrado la que sobresaltó a todos.
—¿Estará vivo todavÃa? —preguntó.
—Creo que no —respondió Everard, tras una pausa—. Mi madre siempre lo dijo, que tendrÃa que morir, si no por mi mano, sà por mi causa. No he sido el verdugo; tan sólo el hacha. Y aunque esa pobre sombra se compadecÃa de él, el destino ha sido más fuerte que ella. Han concurrido todas las circunstancias para que se produjera este acontecimiento predicho, todas; no sólo la impureza y la maldad que, junto con la ambición del conde y los vicios de mi hermano, son los que acabaron con él, sino también la bondad y la religión, es decir, la confianza de Jonathas y nuestro sagrado amor. La suerte asà lo ha querido. Las pasiones, que dominaban a mi padre, clamaban por una vÃctima. Y él mismo ha buscado su perdición.
Una hora más tarde, Everard preguntó:
—¿Qué pasará allÃ? ¿Qué espantosa calamidad nos espera? ¡Dios mÃo! ¡Éramos tan felices ayer mismo, por la mañana, tenÃamos tan bonitos sueños…! Pero, ahora, ¿qué esperanzas nos quedan? ¿Cómo será nuestra vida en adelante?