El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein XIV
Conrado, Everard, Rosamunda y Jonathas, todos juntos, pasaron una triste noche de insomnio, cuajada de terrores y lágrimas, en la cabaña del guardabosque. Tras haberle practicado una primera cura de sus heridas, Everard había querido levantarse, pero estaba medio recostado en una hamaca. A su lado, y sentado, Conrado le sujetaba la mano. Rosamunda andaba de aquí para allá, y preparaba algo de beber para el herido. A veces, movida por la piedad, se hincaba de rodillas y rezaba con fervor. En cuanto a Jonathas, a quien todos estos acontecimientos no deberían de haberle cogido del todo desprevenido, estaba hundido, y no hizo más que llorar y sollozar durante tan lúgubre vigilia.
Entre aquellas cuatro personas unidas por un único y angustiado pensamiento, se produjeron, durante aquella noche, silencios que parecieron tan largos como horas. Sólo se oían los sollozos de Jonathas, el tintineo regular del reloj de pared, y el viento que soplaba fuera, tan fuerte que parecía que iba a derribar la frágil techumbre de la choza. En medio de aquella triste espera, también se escuchaban, de vez en cuando, exclamaciones, oraciones e invocaciones a Dios, todo lo cual hacía que el tiempo transcurriese de manera más que angustiosa.
—Recemos por él —decía Conrado.
