El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¡Buenas noches! —Gritó Maximiliano, mientras corrÃa el cerrojo con violencia—. Ya ves que sigo bien el juego del espectro, ya que me atrevo a quedarme encerrado con él. Si veis que mañana, a eso de las ocho, aún no me he levantado, pedid que derriben la puerta. ¡Buenas noches! ¡Y que el diablo, que tanto miedo os da, vaya con vos, cobarde!
Maximiliano no pudo decir nada más. Y se puso de rodillas, agotado, consternado y lÃvido. Desde el pasillo, Conrado no oyó nada más. Quiso decir adiós por última vez a su hermano, pero las palabras se le helaron en la garganta. Pensó en quedarse en vela, al lado de la puerta, pero una fuerza superior le apartaba de allÃ, como si le arrastrase la voluntad de Dios. Bajó las escaleras con paso inseguro, y se fue en busca de Everard, a casa de Jonathas.