El Castillo de Eppstein

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—¡Tened cuidado, Maximiliano! —le advirtió, una vez más, Conrado.

—¡Cuidaos vos! —Replicó el conde, mientras daba patadas en el suelo—. Bien sabéis que no soy demasiado paciente. ¡Quiero estar a solas! —repitió, con enloquecida obstinación—. ¡Quiero quedarme solo!

—Que actúe, pues, la justicia de Dios —dijo Conrado, para sí.

—¿Os iréis, de una vez? —Gritó Maximiliano.

—¡Sí, pobre desgraciado! Quizá tuvierais una oportunidad de escaparos esta noche, porque la que puede ir deprisa, aunque parezca que se mueve con lentitud, pero sólo porque dispone de la paciencia de toda una eternidad, os atraparía mañana.

—¡Por todos los diablos! —respondió Maximiliano, que se dirigió hacia su hermano, con los ojos inyectados en sangre y los puños cerrados.

Pero Conrado le obligó a detenerse, gracias a esa mirada tranquila de que hace gala el hombre honrado cuando ha de enfrentarse con perdidos.

—Adiós —le dijo, al tiempo que movía la cabeza, con amarga compasión, mientras se iba hacia la puerta. La abrió y salió.


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