El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—Eso no. Es de sentido común. Creo en Dios, porque es indispensable para permanecer en la corte austriaca. Pero ¡por todos los diablos!, no creo en fantasmas. La leyenda del castillo siempre me dejó indiferente. Dejadme, quiero estar solo. Han sido vuestras imaginaciones las que me han confundido. Por una noche que estaba nervioso, y tuve una pesadilla, no hay razón para preocuparse.

—Maximiliano —dijo Conrado—, preferiría percibir en vos ese terror contra el que os protegéis que vuestra sacrílega alegría.

—Pero ¿de qué terrores me habláis? ¿Estáis tan chiflado como antes? Vos mismo, vuestra repentina presencia, vuestras pamplinas y la compasión que habéis mostrado por mi víctima, eso es lo que me ha afectado al cerebro. Pero no temo a nada, ¿me oís?, ni a espectros ni a diablos. Y voy a daros una prueba. Me dejaréis solo e iréis, os los ruego, en busca de Everard, para decirle que abandone a esa muchacha y que se prepare para acompañarme a Viena, junto a la duquesa.

—Hermano, ¿estáis seguro? No voy a dejaros aquí —añadió Conrado.

—¡Pues, claro que sí, por todos los diablos! Tenéis que dejarme solo, porque, además, me sacáis de quicio. No soy un niño que tiemble y retroceda. Quiero estar solo para enviar instrucciones a Viena, incluida mi conformidad en nombre de Everard.


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