El Castillo de Eppstein

El Castillo de Eppstein

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—Hermano —le dijo Conrado—, ¿de qué os servirá huir? ¿Para qué rodearos de sirvientes? Lo mejor es que mostréis arrepentimiento, puesto que vuestro temor os serviría de ayuda para salvaros.

—¿Quién ha dicho que tenga miedo? —exclamó Maximiliano, tras incorporarse—. Quien sostenga tal cosa, miente.

Se dejó caer de nuevo en el sillón, con los puños crispados y los dientes apretados. En su corazón, se libraba un extraño combate entre la vergüenza y el miedo. Pero ganó el orgullo de Satán.

—¡Los Eppstein no tienen miedo! —gritó, mientras reía a carcajadas, aunque sus risas se asemejaban a silbidos.

Conrado movía la cabeza con compasión, y era esa piedad, precisamente, lo que más encolerizaba a Maximiliano.

—¡Los Eppstein no tienen miedo! —gritó aún más fuerte—. Cuando estaba viva, esa mujer temblaba en mi presencia. Ahora que está muerta, ¿será capaz de hacerme temblar a mí? ¡Claro que no! La desafío, a ella y a su venganza, ¡y también a su hijo rebelde!

—¿Os atrevéis a blasfemar? —exclamó Conrado, horrorizado.


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