El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —¡Gente! ¡Que venga gente! ¿Por qué estamos aquà solos? —gritó—. Conrado, ordenad que todas las personas que se encuentren en el castillo se reúnan en el salón principal. Que enciendan todas las antorchas y todas las velas, que haya música y ruido, que impidan que la vea o la oiga.
—Si mostráis arrepentimiento, estáis salvado —repuso Conrado, con dulzura, sobrecogido y movido a misericordia ante tal frenesÃ.
—¿Arrepentirme? ¡Tengo miedo! —Repuso Maximiliano—. ¿Me entendéis, Conrado, no es asÃ? ¡Luz, jaleo! ¿Creéis que puedo quedarme solo aquÃ, en esta habitación, en la cámara roja, bajo la estancia en la que se encontraba la cuna y al lado de la escalera que conduce a la cripta? ¿No notáis nada siniestro en esas cortinas, que ondean; en la llama de esa lámpara, que vacila; en el chisporroteo de la chimenea, en el aire, en este silencio? ¿No veis que llevo colgada de mi cuello la cadena de oro, última y fatal advertencia de mi gélida acreedora? ¿Olvidáis que hoy es Nochebuena? Rápido; cantad, encended antorchas, que haya gente… O mejor, que preparen mi equipaje y que el personal que vaya a acompañarme esté listo y a caballo. Quiero irme ahora mismo a Viena.