El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Sin embargo —proseguÃa Conrado—, como no pretendo más que deciros la verdad, monseñor, he de confesaros que no cedà a ciegas y enseguida a la pasión que me arrastraba. No; calculé, primero, la distancia que me separaba de NoemÃ; pensé en vuestro disgusto y traté de arrancar aquel amor de mi pecho. Pero brotó aún más violento tras mis tentativas: un poder irresistible tiraba de mà y me arrastraba hasta la casa de Gaspar, hasta que un dÃa, por fin, rendida, Noemà me confesó que me amaba también.
—¡Ambiciosa! —masculló Maximiliano.