El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —SÃ, esa pasión, desafortunada y desesperada, que concebiste por Goetz de Berlichingen, el caballero de la mano de hierro, muerto en tiempos del emperador Maximiliano.
—Y resucitado gracias a un poeta, padre. Verdaderamente, está vivo en el drama de Goethe. Pues, sÃ; cien veces lo afirmarÃa. Por mucho que os burléis de mÃ, amo y admiro a ese corazón noble y leal, a ese héroe sencillo y sublime a la vez, que ama con tanta pasión y pelea con tanto valor. Nada puedo hacer por evitarlo. Es una desgracia. Ya sé que es viejo, porque vos no dejáis de recordármelo a cada instante. Pero es que tales hombres carecen de edad. Aunque sea un anciano, capaz es de desmitificar a mis ojos a todos esos caballeretes cortesanos. Goetz de Berlichingen; Goetz, el de la mano de hierro: ése es mi hombre. Convendréis conmigo, padre, que, hasta el momento y en comparación con él, no me habéis presentado más que muñecos.
—¡Hija mÃa, hija mÃa! TodavÃa no has cumplido los dieciséis —dijo el duque—, y quieres por esposo a un hombre de sesenta.
—De sesenta, de setenta o de ochenta. No me importa, con tal de que se asemejen a mis rudos, leales y valientes caballeros del Rhin, Goetz, el de la mano de hierro, Franz de Sickingen o Hans de Selbitz.