El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Pero, padre mÃo, bien sabéis que rechazo a todos mis pretendientes. Todos esos estorninos de Viena, cortesanos, ministros de misiones diplomáticas, consejeros privados, cabezas rizadas todas, pero hueras, que ni me gustan ni me complacerán jamás. Y eso bien lo sabéis vos. Os lo he dicho mil veces, y creà que habÃamos llegado al compromiso de que ninguno de los dos volverÃa a mencionar esos asuntos.
—Olvidas, hija mÃa, que la carta nos llega desde muy lejos.
—Cierto. Asà que, encima, tendrÃa que vivir lejos. No quiero separarme de vos. ¡No quiero, no quiero! —insistió la joven, mientras comenzaba a perseguir una mariposa que, al poco, ascendió por el aire y desapareció como una flor arrastrada por el viento.
El duque aguardó un momento. Y cuando su hija se aproximó lo suficiente como para que le oyera, le dijo:
—Pequeña hipócrita. Ocultas la verdadera razón de tu rechazo.
—¿Y cuál es esa verdadera razón, según vos? —replicó Albina, extrañada—. Tu profunda e irresistible pasión.
—Padre, de nuevo os burláis de mà —prosiguió Albina, mientras se aproximaba al duque, como si quisiera desarmarle.