El Castillo de Eppstein
El Castillo de Eppstein —Bueno; si es asÃ, padre, ya no os preguntaré nada más acerca de vuestro secreto, porque nada tengo que ver con tan respetable misiva —respondió la muchacha, al tiempo que se disponÃa a reemprender sus correrÃas.
—Al contrario, hija mÃa; tienes mucho que ver con eso —le contestó el ministro consejero—. En esa digna carta no se trataba más que de la atolondrada de mi hija.
Albina se detuvo al instante, y abrió unos ojos como platos.
—¿De mÃ? —Preguntó, tras aproximarse al anciano—, ¿acerca de mÃ? Mostrádmela, entonces, padre mÃo. ¿De qué se trata? ¡Contadme, contádmelo todo, pues!
—Es una petición de matrimonio.
—¡Ah, bueno! Si no es nada más que eso… —contestó la chiquilla, mientras hacÃa delicioso mohÃn de desdén.
—¡Cómo que nada más! —prosiguió su progenitor, sonriente—. ¡Me gustarÃa saber a qué das tú importancia, cuando con tanta ligereza hablas del matrimonio!