El collar de la reina
El collar de la reina —¿Y os parece, monsieur, que vuestro colega ha pagado muy barato la gloria?
—No, monseñor. Pero hay otros que sufren más que él en nuestra profesión y padecen dolores y humillaciones cien veces peores que una cuchillada, y, sin embargo, no son inmortales.
—Monsieur, ¿no sabéis que para ser inmortal es necesario pertenecer a la Academia o haber muerto?
—Monseñor, si es asÃ, prefiero seguir vivo y cumplir con mi obligación. Yo no moriré y cumpliré con mi deber, al igual que habrÃa hecho Vatel si el señor prÃncipe de Conde hubiese tenido la paciencia de esperar media hora.
—Me prometéis maravillas. Sois muy hábil.
—No, monseñor; no prometo ninguna maravilla.
—Entonces, ¿qué es lo que estáis esperando?
—¿Monseñor desea que se lo diga?
—Claro que sÃ. Soy muy curioso.
—Pues bien, monseñor: espero una botella de vino.
—¿Una botella de vino? Explicaos; el asunto empieza a interesarme.
—Se trata de lo siguiente, monseñor: Su Majestad el rey de Suecia… Perdón, he querido decir Su Excelencia el conde de Haga…, sólo bebe vino de Tokay.