El collar de la reina

El collar de la reina

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—Eso es precisamente lo que os prohíbo, obstinado; el conde de Haga desea mantener el incógnito más severo. ¡Pardiez! En eso conozco vuestra estúpida vanidad, señores de la servilleta. No es precisamente a la corona a quien honráis, sino que os glorificáis a vosotros mismos con nuestros escudos.

—Supongo —observó con acritud el maestresala— que, cuando monseñor habla de dinero, no lo hace en serio.

—Por supuesto que no —dijo el mariscal, casi con humildad—. No. ¿Dinero? ¿Quién diablos os habla de dinero? No deis la vuelta a la cuestión, os lo suplico, y repito que no deseo que se hable aquí del rey.

—Pero, señor mariscal, ¿por quién me tomáis? ¿Pensáis que estoy ciego? Ni por un instante se hablará aquí de rey alguno.

—Pues no os obstinéis y servidme la comida a las cuatro.

—No, señor mariscal. Porque a las cuatro no habrá llegado lo que espero.

—¿Y qué esperáis? ¿Un pescado, como monsieur Vatel?

—Monsieur Vatel, monsieur Vatel[1]… —murmuró el maestresala.

—¿Os extraña la comparación?

—No. Pero, por una cuchillada que monsieur Vatel se dio en el cuerpo, ya es inmortal.


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