El collar de la reina
El collar de la reina El mismo día de la ejecución, al mediodía, el rey salió de su gabinete de Versalles y se le oyó despedir al señor de Provenza con estas palabras, rudamente pronunciadas:
—Caballero, asisto hoy a una misa de casamiento. Os ruego que no me habléis de cosas de casa y sobre todo si son malas, sería de mal augurio para los nuevos esposos a los que yo quiero ya los que protegeré.
El conde de Provenza frunció el ceño, sonriendo no obstante; saludó profundamente a su hermano y entró en sus habitaciones.
El rey prosiguió su camino en medio de los cortesanos esparcidos en las galerías, sonriendo a unos y mirando altivamente a los otros, según que hubiesen estado a su favor o en su contra en el asunto que el parlamento acababa de juzgar.
Llegó en esta forma hasta el salón cuadrado en el que estaba la reina, rodeada de sus damas de honor y de sus gentileshombres.
María Antonieta, pálida bajo el colorete, escuchaba con una atención afectada las dulces preguntas que acerca de su salud le dirigían la señora de Lamballe y el señor de Calonne. Pero de pronto, a hurtadillas, miró hacia la puerta, buscando como quien arde en deseos de ver y volviéndose como quien tiembla por haber visto.
