El collar de la reina
El collar de la reina Cuando salió el rey, todos los que estaban en la sala de los príncipes se agruparon alrededor de la reina.
Una indicación del comendador de Suffren bastó para que su sobrino le esperase, y después de un saludo continuó en el grupo donde le vimos antes.
La reina, que había cruzado con Andrea varias miradas significativas, no perdía de vista al joven, y cada vez que le miraba se decía: «Es él, no hay duda».
Mademoiselle de Taverney le respondía con un gesto tan expresivo que era como si le dijese: «Sí, madame, es “él”; claro es “él”».
Felipe observaba la preocupación de la reina, y aunque no comprendiese el motivo, advertía cierta tensión.
Nunca el que ama se equivoca sobre la impresión de los que ama, y adivinaba que la reina estaba impresionada por algún acontecimiento singular, misterioso, desconocido de todos, menos de ella y de Andrea.
En efecto, la reina había perdido su naturalidad al taparse el rostro con su abanico, ella, que normalmente hacía bajar los ojos a todo el mundo.
