El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »Caderousse se sentó pálido y sin aliento en una silla. La Carconte, por el contrario, se levantó, y fue con paso firme a abrir la puerta.
»“Entre, entre, querido señor Joannès”, dijo.
»“Palabra”, dijo el joyero chorreando por la lluvia, “que parece que el diablo no quiere que vuelva yo esta noche a Beaucaire. Las locuras cortas son las mejores, mi querido señor Caderousse; usted me ofreció su hospitalidad, la acepto y vengo a dormir a su casa”.
»Caderousse balbuceó algunas palabras secándose el sudor que le caía por la frente. La Carconte, tras hacer pasar al joyero, volvió a cerrar la puerta con doble vuelta de llave.