El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Lluvia de sangre
»Al entrar, el joyero echó una mirada inquisitiva alrededor; pero nada le hacía levantar sospechas, si no las tenía, ni nada parecía confirmarlas, si las tuviera.
»Caderousse cubría aún con sus manos los billetes y el oro. La Carconte sonreía a su huésped lo más agradablemente que podía.
»“¡Ah!, ¡ah!”, dijo el joyero. “Parece que temía no haber contado bien, ya que repasa de nuevo su tesoro en cuanto me fui.”
»“No, no”, dijo Caderousse; “pero los hechos que nos han traído hasta aquí son tan inesperados que no podemos creérnoslo, y en el momento en el que no tuvimos la prueba material ante los ojos, creímos estar soñando”.
»El joyero sonrió.
»“¿Es que tienen algún viajero en la posada?”, preguntó.
»“No”, respondió Cadeousse, “no solemos alquilar habitaciones; estamos tan cerca de la ciudad que nadie para aquí”.
»“¿Entonces, yo les molesto terriblemente?”
»“¡Molestarnos! ¡Usted! ¡Mi querido señor!”, dijo gentilmente La Carconte. “En absoluto, se lo juro.”
»“Veamos, ¿dónde me instalan?”