El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »El joyero comenzó a cenar, y La Carconte continuó teniendo con él todos los pequeños detalles de una patrona solícita; ella, por lo general tan malhumorada y tan arisca, era todo un modelo de deferencia y de cortesía. Si el joyero la hubiera conocido anteriormente, un cambio así le hubiera, ciertamente, asombrado, y no hubiera dejado de inspirarle alguna sospecha. En cuanto a Caderousse, no decía ni una palabra, continuaba su paseo e incluso parecía evitar mirar a su huésped.
»Cuando el joyero terminó de cenar, Caderousse fue él mismo a abrir la puerta.
»“Creo que se está calmando la tormenta”, dijo.
»Pero en ese momento, como para desmentirle, un terrible trueno removió la casa, y una bocanada de viento mezclada con lluvia entró, apagando incluso la lámpara.
»Caderousse volvió a cerrar la puerta; su mujer encendió una vela en las agónicas brasas.
»“Mire”, dijo la mujer al joyero; “debe de estar usted cansado; he puesto sábanas limpias en la cama, suba a acostarse y duerma bien”.
»Joannès se quedó un momento más para asegurarse de que el huracán no se calmaba, y cuando tuvo la certeza de que los truenos y la lluvia no hacían sino ir en aumento, deseó las buenas noches a sus anfitriones y subió la escalera.