El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »Pasaba por encima de mi cabeza y oía cada peldaño crujir bajo el peso de sus pasos.
»La Carconte le siguió con la mirada ávida, mientras que, por el contrario, Caderousse le daba la espalda y ni siquiera miraba por ese lado.
»Todos esos detalles, que han vuelto a mi mente desde aquellos tiempos, no me llamaron la atención en el momento en el que discurrían ante mis ojos; después de todo, no había nada de lo que sucedía que no fuera lo más natural del mundo, y aparte de la historia del diamante que me parecía un tanto inverosímil, todo era normal. Además, como yo mismo estaba muerto de cansancio y contaba aprovechar yo también el primer respiro que la tormenta diese a los elementos, decidí dormir unas horas y alejarme en medio de la noche.
»Yo oía en la estancia de arriba al joyero que por su parte se disponía a pasar la noche lo mejor posible. Pronto crujió la cama: acababa de acostarse.