El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »A mí se me cerraban los ojos aunque no quisiera, y como no tenía ninguna sospecha fundada, no intenté luchar contra el sueño; eché una última mirada al interior de la cocina. Caderousse estaba sentado ante una mesa larga, en uno de esos bancos de madera que sustituyen a las sillas en las posadas de los pueblos. Me daba la espalda, de manera que yo no podía ver su cara; por otra parte, aunque hubiese estado en la posición contraria, hubiera sido también imposible, dado que tenía la cabeza oculta con sus manos.
»La Carconte le miró algún tiempo, se encogió de hombros y fue a sentarse enfrente.
»En ese momento la llama agonizante alcanzó un poco de madera seca que tenía olvidada; un resplandor un poco más vivo alumbró la oscura sala. La Carconte tenía los ojos fijos en su marido, y como este permaneciera en la misma posición, vi que tendía hacia él su mano afilada y le tocaba la frente.
»Caderousse se sobresaltó. Me pareció que la mujer movía los labios, pero, ya fuera porque hablaba en voz muy baja, o porque mis sentidos estaban ya abotargados por el sueño, el sonido de sus palabras no llegó hasta mí. Ni siquiera veía sino a través de una niebla, sin duda precursora del sueño, momento en el que se cree que empieza uno a dormirse. Finalmente mis ojos se cerraron y perdí la conciencia de mí mismo.