El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »Estaba en lo más profundo del sueño, cuando me despertó un disparo, seguido de un grito terrible. Algunos pasos vacilantes resonaron en el suelo de la habitación, y una masa inerte vino a abatirse en la escalera, justo encima de mi cabeza.
»Yo no era aún dueño de mí. Oía gemidos, después gritos ahogados como los que acompañan a una lucha.
»Un último grito, más prolongado que los otros y que degeneró en lamentos, me sacó completamente del letargo.
»Me incorporé sobre un brazo, abrí los ojos, que no vieron más que tinieblas, me llevé la mano a la frente, sobre la que me parecía que goteaba, a través de las escaleras de madera, una lluvia tibia y abundante.
»El más profundo silencio había seguido a aquel ruido tan espantoso. Oí los pasos de un hombre que andaba por encima de mi cabeza; sus pasos hacían crujir la escalera. El hombre bajó a la cocina, se acercó a la chimenea y prendió una vela.
»Ese hombre era Caderousse; tenía el rostro pálido y la camisa toda ensangrentada.
»Con la vela encendida subió rápidamente la escalera, y oí de nuevo sus pasos rápidos e inquietos.