El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »Un instante después, volvió a bajar. Llevaba en la mano el estuche; se aseguró de que el diamante estuviera dentro, dudó un momento sobre en qué bolso guardarlo; después, considerando sin duda los bolsillos como un escondite poco seguro, lo envolvió en su pañuelo rojo, que se ató alrededor del cuello.
»Después, corrió al armario, sacó los billetes y el oro, metió los billetes en el bolsillo del pantalón y el oro en el de la chaqueta, cogió dos o tres camisas y, saliendo como un rayo por la puerta, desapareció en la oscuridad. Entonces todo se volvió lúcido y claro para mí; me reproché lo ocurrido como si yo hubiese sido el verdadero culpable. Me pareció oír quejidos: el desgraciado joyero podía no estar muerto; quizá, si le socorría, podía reparar una parte del mal, no el mal que yo hubiera cometido, pero sí el que había dejado cometer. Empujé con la espalda las mal colocadas tablas que separaban esa especie de tambor en el que yo estaba escondido del resto de la sala; las maderas cedieron y me encontré dentro de la cocina.
»Corrí a buscar la vela y me dirigí a la escalera; había un cuerpo atravesado: era el cadáver de La Carconte.