El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »El disparo que oà la habÃa alcanzado: tenÃa la garganta atravesada de parte a parte, y además de esa doble herida con sangre a borbotones, vomitaba también sangre por la boca. Estaba completamente muerta. Pasé por encima de ella y subÃ.
»La habitación ofrecÃa el aspecto del más espantoso desorden. HabÃa dos o tres muebles tirados; las sábanas, a las que el desgraciado joyero se habÃa agarrado, estaban por el suelo; él mismo estaba tirado en el suelo, con la cabeza apoyada contra la pared, nadando en un charco de sangre que le salÃa por tres gruesas heridas que tenÃa en el pecho.
»La cuarta herida tenÃa todavÃa un largo cuchillo de cocina clavado, del que sólo se veÃa el mango.
»Me tropecé con la segunda pistola, que no se habÃa disparado; quizá la pólvora estaba mojada.
»Me acerqué al joyero; no estaba muerto del todo; con el ruido que yo hacÃa y al moverse el suelo de madera por todas partes, abrió unos espantados ojos, los fijó un instante en mÃ, movió los labios como si quisiera hablar, y expiró.
»Este espantoso espectáculo me habÃa dejado casi sin sentido; desde el momento en el que ya no podÃa ayudar a nadie, no necesitaba ninguna otra cosa, sino huir. Me precipité escaleras abajo, llevándome las manos a la cabeza y rugiendo de terror.