El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo »Comprenderá usted con qué ardor le recibí; le conté todo aquello de lo que yo había sido testigo, abordé con inquietud la historia del diamante; contra lo que me esperaba, era cierta punto por punto, y contra lo que me esperaba aún más, creyó totalmente lo que yo le decía. Fue entonces cuando, llevado por su dulce caridad, reconociendo en él un profundo conocimiento de las costumbres de mi país, pensando que el perdón del único crimen que yo había cometido podía salir de sus caritativos labios, bajo el secreto de confesión le conté la aventura de Auteuil con todo detalle. Lo que hice en un arranque de contrición obtuvo el mismo resultado que si lo hubiera hecho por cálculo; la confesión del primer asesinato, confesión que nadie me forzaba a revelar, demostraba que yo no había cometido el segundo, y el abate se despidió ordenándome que esperara, y prometiéndome hacer todo lo que estuviera en su poder para convencer a los jueces de mi inocencia.
»Y, en efecto, tuve la prueba de que se había ocupado de mí cuando vi que mis condiciones de prisionero se suavizaban gradualmente, y cuando supe que esperarían para juzgarme en la audiencia siguiente y no en la que iba a celebrarse de inmediato.