El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Mientras tanto, este hombre observaba, con una atención tan minuciosa que se hacÃa casi impertinente, el exterior de la casa, lo que se podÃa ver del jardÃn y la librea de algunos domésticos a quienes se les veÃa yendo y viniendo. La mirada de este hombre era viva, pero astuta más que inteligente. Sus labios eran tan delgados que, en lugar de sobresalir, se adentraban en la boca; finalmente, la anchura y la prominencia de los pómulos, señal infalible de astucia, la depresión de la frente, y la dilatación del occipucio que sobrepasaba con mucho a unas grandes orejas lo menos aristocráticas posible, contribuÃan a que cualquier fisonomista determinase el carácter casi repulsivo del rostro de este personaje, muy recomendable sin embargo a ojos del vulgo por sus magnÃficos caballos, el enorme diamante que llevaba en la camisa y la banda roja que se extendÃa de una botonadura a otra de su levita.
El groom llamó a la garita del portero y preguntó:
—¿No es aquà donde vive el señor conde de Montecristo?
—Es aquà donde vive Su Excelencia —respondió el portero—; pero…
Consultó a Alà con la mirada.
Alà le hizo un gesto negativo.
—¿Pero…? —preguntó el groom.