El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El tiro de caballos tordos
El barón, seguido del conde, atravesó una larga fila de salas, notables por su cargada suntuosidad y su fastuoso mal gusto, y llegó hasta el gabinete privado de la señora Danglars, pequeña estancia octogonal con paredes de satén rosa recubierto de muselina de Indias; los sillones eran de vieja madera dorada y antiguas tapicerías; por encima de las puertas había escenas pastoriles del estilo de Boucher; finalmente, dos bonitos pasteles en medallón, en armonía con el resto del mobiliario, hacían de esta pequeña habitación la única del palacete que tuviera un cierto carácter; es cierto que había escapado del plan general determinado entre el señor Danglars y su arquitecto, una de las más altas y más eminentes celebridades de Europa, y que su decoración dependía exclusivamente de la baronesa y de Lucien Debray. Además, el señor Danglars, gran admirador de la Antigüedad, tal como la entendía el Directorio, despreciaba mucho ese pequeño reducto, en el que, por lo demás, apenas si era admitido, salvo a condición de que excusara su presencia trayendo a alguien; no era, pues, en realidad Danglars quien presentaba, sino que por el contrario era él el presentado, y era bien o mal recibido según que el rostro del visitante fuese agradable o desagradable a la baronesa.